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12 noviembre, 2015

Anécdotas absurdas

Viajar en barco no siempre es un cuento de hadas; hay malos momentos; y en especial cuando te mueves por países que no conoces los problemas con las autoridades son frecuentes; bueno y sin ser extranjeros también, nuestra benemérita no se queda a la zaga en cuanto a controles y papeleos. A veces por desconocimiento, a veces por bajar la guardia, a veces por reglamentaciones obsoletas y farragosas, a veces por interpretaciones excesivamente rígidas del policía de turno; nadie está exento de meterse en un embrollo que la mayoría de las veces se salda con una buena multa y siempre con una experiencia enervante. Yo esto lo he vivido varias veces, en Italia, en Turquía, en Grecia, en Croacia. En este último caso, que ahora me ocupa, la situación fue bastante más allá que una experiencia desagradable.

Si bien todavía era finales de Junio el día era tan tórrido que me sofoco de recordarlo; ni las chicharras, todavía primaverales e inmaduras, se atrevían a berrear. Aunque el golfo de Kotor tiene unas aguas gélidas y refrescantes, las enormes masas montañosas mandaban un viento seco y abrasador que te secaban instantáneamente. Ese golfo es en realidad un cañón sumergido de un desaparecido río que transporta aguas heladas de las montañas al mar; creo que es uno de los fiordos más espectaculares del Mediterráneo.

Expiraba nuestro permiso de un mes para navegar por Montenegro, que recién estrenada su independencia descubría un país de lo más alegre, esforzado en agradar al visitante y repleto de banderas rojas con el águila bicéfala dorada que tantos disgustos ha traído a Europa a lo largo de la historia. Contrastaba mucho con el carácter callado y hasta hosco de los vecinos croatas, por cuyo país llevábamos viajando todo el año. Todavía teníamos permiso de unos meses para navegar por Croacia y salimos de Kotor, Montenegro, para dirigirnos al puerto croata más próximo, Cavat. Pero como comentaba, el calor era asfixiante, así que decidimos pararnos en una cala adyacente a la frontera Croacia- Montenegro donde había otros 4 barcos fondeados. Cuando ya dejaba de apretar Lorenzo una patrullera apareció solicitando papeles y pasaportes.

– Les hemos visto venir de Montenegro.

– Sí, es verdad, pero todavía tenemos en vigor el permiso de navegar por Croacia.

– Pero debería haber ido primero a un puerto de entrada.

– Solo habíamos parado para bañarnos.

Pasamos un buen rato de suspense mientras se metían en el puente y hablaban por radio.

– Sígannos, están detenidos.

No nos dio tiempo ni a protestar, si es que la protesta sirve de algo en esos casos, antes de que se montara una comitiva de todos los veleros que estábamos allí siguiendo a la policía, a todos los nudos que da el motor, rumbo a Cavat y sin pasaportes. A la llegada nos asignaron un lugar donde echar el ancla y nos avisaron de que a las 7 de la mañana estuviéramos frente al puesto de la policía.

Con las primeras luces un grupo de extranjeros despistados y somnolientos nos congregábamos, mientras un puñado de auxiliares hinchables se empujaban unas a otras, en el muelle. Si hubiera tenido alguna gracia podríamos empezar con ese chiste fácil de: se encuentran un neozelandés, un inglés, un alemán, un sueco y dos españoles en un puerto de Croacia…

En unos minutos apareció un furgón policial que abrió la puerta corredera con un escueto

– ¡Suban!¡ Solo los caballeros! Las mujeres deben permanecer a bordo de los barcos.

La mujer neozelandesa se resistió y se introdujo en el furgón acompañando a su marido del que de ninguna manera pensaba separase. Una policía con cara de enterradora se encogió de hombros y la observó con desdén.

Yo miré a la furgoneta blindada y miré al barco que se quedaba solo fondeado. Decidí en un instante fortuito de miradas cruzadas, acercarme con la neumática y recoger el móvil. Me dio el tiempo justo de deslizarlo en el coche antes de que cerraran la puerta.

– ¿Dónde los llevan?

– No se preocupe. Estarán bien
.
Por la ventanilla el patrón inglés me gritó: Dile a mi mujer que estoy bien. Está sola con dos niños pequeños.

El día transcurrió con toda la lentitud que tienen los días cuando no sabes que sucede y no quieres que suceda o deseas que pase cualquier cosa para saber qué pasa. Se nos prohibió bajar a tierra. Yo alternaba los prismáticos con saludos a la pobre británica que me sonreía con un bebe entre los brazos y otro de corta edad aferrado a sus rodillas. Me llegaban mensajes escuetos. Estamos en comisaria. Retenidos. Nos van a juzgar. Esperamos el abogado. Faltan los traductores. Estamos con dos albaneses detenidos en la frontera. Nos trasladan a Dubrovnik. Se demora. Hace falta que esté libre un juzgado. Nos declaran culpables, ¿A qué no te lo imaginabas?.

Los llantos de los niños ingleses me despertaban de la monotonía y veía la cara desencajada de la pobre mujer que ya no sabía qué hacer para entretenerlos. Fue ya bien entrada la noche cuando recibí un “volvemos”. Y allí estuve, cuando aparcó el furgón y dejo salir a los convictos, cabizbajos, hambrientos y sedientos, con sus correspondientes multas en las manos para hacer efectivas al día siguiente. Sumando la sanción, los abogados, los gastos de juicio y los traductores, el resultado era una bonita cantidad a abonar si queríamos salir de allí.

Cuando fui al banco por la mañana coincidí con la pareja neozelandesa. Les deseé un buen viaje y él amargamente respondió:

– Quiero olvidarme de esto cuanto antes. Nunca me había sentido tratado de esa manera; solo había fondeado, después de hacer la salida del país, para tensar la correa del alternador con calma. Me sentí como el ganado. No nos ofrecieron de comer ni de beber en todo el día, ni nos dirigían la palabra. El feliz viaje empezará cuando me aleje de aquí.

Es tremendo como una circunstancia así puede dar al traste con la imagen de un país sorprendente como Croacia. Yo intenté que no me llevaran los prejuicios y seguir disfrutando de la estancia. Pero la verdad, el regusto amargo te queda siempre.

Mucho tiempo después, estando amarrados en un puerto oí comentar a un barco vecino una historia similar que había sufrido en sus carnes uno de ellos. Y posteriormente leí en una revista náutica testimonios de diversos patrones que habían pasado por igual trago. Así que la conclusión es que alguien le había tomado el gusto a la caza y se apostaban en la frontera para ver picar a las perdices.

Publicado anteriormente en nuestro blog “navegandoporgrecia”.

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