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23 abril, 2012

Antiguo derrotero de Grecia: Trizonia

Hay un sordo ruido del pasado
algunas imágenes entrevistas del futuro
Hay una sombra que cae sobre nosotros
como si no tuviera dónde ir
Hay tú
Hay yo
Dos visitantes de este siglo
olvidados por todos.
Dos vencedores sin victoria.

Nikos Dimu

Lo que tantas veces he dicho y que más me alivia de Grecia, es que las cosas no cambian a la velocidad cuántica; hecho por el cual, por otro lado, se la vilipendia. Puedes volver tras 20 años y encontrarlas perfectamente reconocibles. Un bálsamo para espíritus atribulados. Así que inicio, o más bien continuo, con la serie de relatos de mi antiguo derrotero griego, aunque solo sea para rescatar preciosos dibujos y hermosos recuerdos. No me pidáis que sea precisa en las fechas; dejémoslo en hace mucho tiempo y ahora; todo mezclado.
He hecho este recorrido muchas veces; este mismo año, dos. Pero no es posible evitar la primera vez, la comparación ingenua con los recuerdos selectivos. Así que navegar por estas aguas y volver a entrar en estos puertos tiene un poco de psicoanálisis, de catarsis, de empezar de nuevo, de enamorarse otra vez; ya no tanto de la hazaña y del descubrimiento, o del de abrir los ojos bien abiertos para no perdernos nada. Ahora se puede mirar con otros ojos, entrecerrados, con mirada sesgada; o sin ojos.

La isla de Trizonia fue, la primera vez que navegamos por Grecia, una de nuestras etapas en el golfo de Corinto. Era lo más aislado que se podía esperar para una isla a solo 4 millas del continente. Como siempre en este país, había una barca; una barca primordial que unía la isla con la tierra firme, donde había coches y vida, poca; donde no se encontraba todo paralizado, inmovilizado y congelado, sobre todo cuando los blancos montes divinos vomitaban su gélido aliento, como aquellas navidades de hace tanto tiempo. Y la barca iba y venía; venía e iba, con verduras, panes, maderas, ovejas, turistas, peces, popes, señoras de pañuelo negro, cestas de huevos, patatas… todo, todo lo que una isla pueda necesitar. El Parnaso congelaba la escena, como en una película de Theo Angelópulos. Tan congelada que 20 años después nadie ha construido un puente, ni un túnel y la barca primordial sigue yendo y viniendo como el péndulo de Foucault, así que sentarse en una taberna y verla alejarse como un punto y retornar, como otro punto y adivinar que traerá en este viaje, es una estupenda forma de hipnotizarse.

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El mundo de los Barcos. , ,
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