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21 diciembre, 2010

Dedicado a todos los que andan siempre escapandose.

Parece imposible que exista alguien capaz de decir que no le gusta el mar. He conocido a pocos que no disfruten de un barco fondeado en una bahía abrigada donde pasar el tiempo, sobre todo  el bueno. Pero existe una raza de hombres enloquecidos  a los que les cautiva el hecho simple de trasladarse sobre el mar de una manera lenta, incomoda; a ratos fatigosa, a ratos monótona, a veces angustiosa.

La rutina del barco es  una terapia única contra los problemas terrestres,  se alejan con la estela. Lo único esencial es el barco que me transporta, el mar que me mantiene y el tiempo que inexorablemente dibuja círculos de día y noche sin que me percate.

El viaje me prepara para lo que tiene que llegar. Llevo días oyendo lenguas extrañas en la radio, leyendo libros sobre mi destino, imaginando países y puertos.

Y en un momento, se quiebra el círculo; un punto oscuro sobre las olas. Y luego una montaña, un faro, un cabo borroso. La recalada es inminente. Comienza la inquietud ¿Será bueno mi rumbo? ¿Será el cabo que yo espero?  El derrotero ¿Estará equivocado?  ¿Calmará el viento?

Y el punto se hace grande, el faro mas luminoso, el cabo evidente. Todo en orden., una satisfacción poderosa me invade: la recalada es buena. Dejas que te cobije  la tierra que te protegerá del mar, aunque estas en el mar para protegerte de la tierra.

Suave, suave, te acercas. Fondo.  Ya está,  puedes descansar ahora.

P1011122A1.jpg.Dedicado a todos los que andan siempre escapandose.

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Islas ,
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