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19 octubre, 2013

El burro en las islas Jónicas

No era muy silencioso, todo hay que decirlo, ese era su principal defecto; aunque la mayoría del tiempo ni lo sentías, pero de vez en cuando, poseído por una fuerza interior descomunal, arremetía gritando. Y luego estaban esos efluvios que dejaba a su paso. Y con él las moscas. A pesar de todo, era un amigo y siempre que me veía se acercaba a saludar. De hecho, una de las cosas que más me gustaban de Evgiros era su presencia; hoy aquí, mañana allí; siempre sabiendo que estaba.

El caso es que las tardes estaban siendo aburridas por su ausencia y el pesado murmullo de la palomas durante el día y el uhu de las lechuzas durante la noche quedaban sosos y sin gracia sin la sorpresa de su vozarrón ocasional. No llegaba a comprender por qué se habría ido del pueblo.

– Es que protestaban los vecinos.

– ¿No me diga?

¿Por qué protestarían? ¿Qué tenían contra él? ¿Es que la gente no sabe apreciar a los individuos genuinos? Al final todos acabaremos pareciéndonos a los demás, para no destacar.

Estaba ya jubilado, atrás quedaron días de duro trabajo, había cumplido y ahora, tranquilo, bien merecido, caminaba entre la hierba con parsimonia;  no era raro ver asomar su cabezota rodeada de margaritas. Se le veía feliz;  te hacía feliz el verle.

¿Qué si era terco? Pues claro ¿Y quién no en su situación? Tenía las cosas claras y cuando decía no era que no; ninguna fuerza humana o sobrenatural le hacía cambiar de opinión. Daba un poco de envidia su determinación, sin ambages y sin dudas.

– Yo ya estoy mayor y no podía seguir saliendo por el campo con él.

– Y él solo ¿No?

– No

Otros decían que era tonto ¡Que necios ellos! Necia le gente que no sabe diferenciar la noble  humildad de la idiotez. ¿No tienen ni idea de que los sabios suelen ser discretos y no se pavonean nunca de sus conocimientos? “Solo sé que nada sé” le oí decir alguna vez, entre murmullos.

– Un día pasó un chaval y se lo llevó.

– ¿De verdad?

– Es como si lo hubiera casado.

Yo no le veía la gracia pero ella estalló en carcajadas.

– ¿Y no lo echa de menos?

– Tú sí.

– Yo sí.

Algunos añadieron, más tarde, que podría ser un peligro para los niños. Siempre los niños. ¡Dichosos niños! Más dichosos los que en su día pudieron jugar con él. Esos niños protegidos que al final no saben que las naranjas crecen en un árbol y que los pollos corren y picotean.

Subo la cuesta y todavía espero encontrarle; pero nada, nada de nada. Donde a veces se tumbaba ahora ha crecido una planta enigmática. Planta surgida de alguna semilla que él previamente habría rumiado y pasado por su panza, para después dejarla caer frente a mi casa.

La primera vez que llegué a la vecina Itaca olía a burro 5 millas antes de entrar al puerto de Vathi. Al atardecer, con la caída del sol, con la llegada del descanso, el pueblo se convertía en auditorio de una sinfonía coral rezongona. Se entonaba un himno burril a varias voces, surgidas desde todos los rincones de las montañas.

Hi…hooooo. Hiii…hooo

El estruendo era mayúsculo y todos sabíamos que era el momento de una cerveza en la taberna. Una media hora duraba el concierto y después…el merecido silencio.

Hace años que no se oye un burro en Itaca.


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Alquiler del barco en el Jónico.
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