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13 marzo, 2013

El griego, una lengua inmortal

Hay la misma diferencia entre un sabio y un ignorante que entre un hombre vivo y un cadáver.

Aristóteles
Tengo imprecisas imágenes de mí y mis compañeras, de niñas, sentadas por obligación en una silenciosa biblioteca. Las bocas se abrían una tras otra esperando que pasara la tortura y yo no sé porque, como siempre en estos recuerdos, llovía. La profesora nos había repartido un libro al azar y teníamos una hora al día para acabarlo ¡en silencio!  El mío, lo recordaré siempre, era de un chaval al que le encargaban hacer un trabajo sobre un tal Dante y una tal “La divina comedia”. Lo acabé. Me picó la curiosidad. No sirvió para nada porque nunca he conseguido pasar de párrafos sueltos del poema original, pero sí para que mi dispersa mente infantil se fijara en él y apreciara la quietud de una sala de lectura. Luego vinieron otros libros…He sido muy feliz leyendo.

Siempre me gustó la música. Un  día me apunté a solfeo y piano. No sirvió para nada porque no logré superar el segundo curso por falta de tiempo. Pero fue a raíz de intentar interpretar una partitura de Bach que entendi como estaba escrita; las manos parecían hablarse la una a la otra con sus notas, vislumbré esa finura casi matemática de su contrapunto y me quedé prendada. Luego vinieron otros compositores… He llorado de emoción oyendo la Pasión según San Mateo.

También me frieron a matemáticas; reconozco que me gustaban bastante, me parecían un pasatiempo agradable; pero… esas integrales y derivadas ¿Servían para algo? Ahora sé que escribo lo que escribo, de la forma que lo hago, de una manera que no sería la misma sin ellas. He alucinado pensando en el sentido de finito e infinito al mirar un cielo estrellado.
Griego clásico no me tocaba; yo era de ciencias; y mi aproximación fue posterior, a través del griego moderno y de mí cariño por ese país. Aprender esa lengua no sirve de nada, pero no he tenido experiencia más gratificante que la de poder hablar con los griegos en su idioma.

Sí estudié latín, como todos. Mi profesora fue muy mala, me transmitió pocas cosas. Esas declinaciones aprendidas de memoria y esas frases que había que leer al revés… no me decían nada. Pero en mi afán viajero y mi necesidad, autoimpuesta, de intentar aprender algo de lo que se habla en los países en los que he estado algún tiempo y comunicarme con la gente, me di cuenta que de algo valían.
Cuanto más hubiera disfrutado si hubiera tenido un buen maestro como los que se esconden detrás de los blogs que recomiendo a la derecha y otros más que no conozco. Cómo el de Διδάσκαλος, que se esmera en que sus alumnos se acerquen a la lengua y la cultura a través de comics y diversos materiales didácticos divertidos.

De todas las cosas que he aprendido, son las que aparentemente no tenían sentido, las que me han producido mayor placer, me han hecho lo que soy y las que me convierten en un ser libre.
La incultura es la peor manera de esclavitud porque te ciega muchos caminos y realidades posibles. Es el modo más rápido de convertirse en un ciudadano “Epsilón” (palabra griega) del Mundo feliz de Huxley.

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