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15 noviembre, 2015

El perro en la historia de Grecia

Uno debería casarse con un perro para estar seguro de que nunca le abandonarán sin razón. No hay otro enamorado más devoto que se aprenda tus ruidos propios, tus olores, que espere con impaciencia con el hocico pegado al quicio de la puerta tu llegada y que se emocione tanto cuando te vuelve a ver, como si fuera el primer encuentro. También que te destroce media casa de la rabia de verse solo o se coma las chuletas mientras se descongelan, pero en fin Quid pro quo nos dirían ellos si tuvieran cuerdas vocales, porque latín ya saben. Hoy voy a dedicar la entrada a un puñado de podencos valientes, arrojados y legendarios. Yo, que no me considero imparcial pues no he conocido perro feo, voy a intentar que no me venza el entusiasmo y atenerme al rigor histórico. Pero buscando historias de canes llevo días enteros y me enrollo tanto que mejor divido el tema en dos entradas para no aburrir al personal con mis locuras.

Los griegos tienen una relación con los perros callejeros, con los llamados “adespotas”, un tanto peculiar. Son perros cien-mil-leches que acumulan en su genoma todas las mutaciones necesarias para sobrevivir en la dura polis. Se amontonan en las estaciones de autobús o de tren, en los puertos, en la entrada de los recintos arqueológicos; en cualquier sitio donde haya tránsito. Son serenos, calmados, lentos, indiferentes; parecen dotados de una sabiduría ancestral y hay hasta quien afirma que son los mismísimos dioses reencarnados. Llevan a cuestas todo un muestrario de mugre, pulgas saltarinas y sustancia acumulada. Nadie les molesta ni a nadie molestan, ahora bien si te cruzas con uno no tendrás más remedio que saltar por encima pues él dudo que mueva algo más de un párpado.

Hubo un movimiento filosófico y literario a principios del siglo IV a. C. el cinismo, representado por Diógenes, el que tenía un tonel por morada, se masturbaba en el ágora ateniense, mandaba a paseo al mismísimo Alejandro Magno, y se pitorreaba de Platón lanzándole a sus pies un gallo desplumado, mientras aquél disertaba sobre el hombre como un ”bípedo-implume”. La palabra ”cínico” kynikoi parece ser que viene de ”perro” κυόν. Hacía referencia a su frugal modo de vida, su desfachatez y su desvergüenza, ya que los cínicos deambulaban tomando el sol en el ágora ateniense o el mercado de Corinto, practicando su sabiduría, envueltos en un atuendo mínimo y mendicante. Los filósofos cínicos tomaron al perro como su emblema y lo adecuaron a la perfección a sus fines. El perro, animal urbano y familiar, no se oculta para cubrir sus necesidades ni para sus contactos sexuales. Es impúdico por naturaleza, roba alimentos a los dioses y mea en las estatuas sin ostentar reparo alguno. Los cínicos vieron en la figura del perro la oposición a las reglas del respeto mutuo y el decoro, y eso era exactamente lo que buscaban.

A parte de esta utilización despectiva de la figura del perro, también valoraron su vertiente protectora. En la Grecia antigua se confiaba a los perros la custodia de los templos y las fortalezas. En el siglo VI a. C. mientras se celebraban en Corinto las fiestas en honor de Afrodita, Soter, un alano, defendía con cuarenta y nueve compañeros las explanadas de la ciudad. Los festejos debilitaron la vigilancia de la población, momento que aprovecharon las tropas de Navplia para perpetrar un ataque imprevisto por mar. Solo los perros velaban y empezaron a gruñir, pero nadie se percató de la amenaza. Se lanzaron con fiereza contra los agresores y muchos cayeron atravesados por las flechas, pero Soter corrió a la ciudad para alertar a los corintios para que abandonaron las ceremonias y se prepararan para rechazar la invasión. No se sabe bien si el perro se llamaba ya así o le pusieron el nombre después, porque Soter en griego quiere decir “Salvador”. Le regalaron un collar de plata con su nombre grabado: El salvador de Corinto.

También Peritas, el valiente perro de Alejandro Magno pasó a la posteridad. Era un mastodonte de raza moloso que le acompañaba en sus batallas y peleaba contra elefantes. Murió combatiendo durante la conquista de la India. Plutarco cuenta que Alejandro, desolado ante la pérdida del animal a quien tanto quería, decidió fundar una ciudad con su nombre en la confluencia de dos ríos. Peritas llego a ser un importante puerto fluvial de la India.

Sobre los molosos griegos tengo una anécdota que os cuento: nos perdimos un día por una carretera de Limnos. El lugar parecía desierto y me bajé a preguntar. Un perro lanudo y un negro moloso descomunal descansaban a la sombra. Comprobé con tranquilidad que el gigante oscuro estaba atado con una cadena. Se pusieron a ladrar al verme y el pequeño azuzó al grande, más lento de reflejos. Se lanzaron los dos contra mí y esperé unos segundos infinitos a que el Darth Vader canino se detuviera en seco con el estirar de la cadena, pero esta era tan larga que nunca llegó a suceder. No corras, norma número uno. No demuestres miedo, norma dos. Me volví con cuidado y me dirigí despacio hacia el coche. En la ventanilla se reflejó mi cabeza y otra negra más alta detrás. Cerré los ojos esperando lo peor y…recibí un lametón en la coronilla que me dejó toda pringosa.

Pero si hablamos de la faceta de fidelidad del mejor amigo del hombre, posiblemente uno de los primeros protagonistas de esta entrada debería ser Argos, el perro de Ulises, el único que lo reconoció a su vuelta a Itaca a pesar de ir disfrazado. El pobre Argos, ya viejo y ciego, solo pudo mover el rabo para morir con dulzura después. Así lo relataba Homero:

Y un perro que estaba echado, alzó la cabeza y las orejas: era Argos, el can del paciente Odiseo, a quien éste había criado, aunque luego no se aprovechó del mismo porque tuvo que partir a la sagrada Ilión. Anteriormente llevábanlo los jóvenes a correr cabras montesas, ciervos y liebres; mas entonces, en la ausencia de su dueño yacía abandonado sobre mucho fimo de mulos y de bueyes que vertían junto a la puerta a fin de que los siervos de Odiseo lo tomasen para estercolar los dilatados campos. Allí estaba tendido Argos, todo lleno de garrapatas. Al advertir que Odiseo se aproximaba, le halagó con la cola y dejó caer ambas orejas, mas ya no pudo salir al encuentro de su amo; y éste cuando lo vio enjugóse una lágrima que con facilidad logró ocultar a Eumeo.


Entrada publicada con anterior en nuestro blog: http://navegandoporgrecia.blogspot.com

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