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26 noviembre, 2013

En barco por Grecia. Evia

– ¿Os gusta Petríes?

Yo me quedé mirando fijamente y le hubiera contestado un “a mí me gustas tú”, pero podría malinterpretarse, porque yo lo que quería decir es que justamente me gustaba que me preguntara si me gustaba su pueblo, su Petríes. La simpatía y a dulzura con la que pronunció su interrogante no era para menos; ella y su duda  lo más atrayente.  Era una pregunta humilde del que quiere agradar pero a la vez orgullosa de las maravillas naturales de su tierra. Era más un intento de saber ¿Qué se os ha perdido por aquí? ¿Qué os ha traído a este puerto sin fama? A la vez que cerciorarse de eso de que “si es que como esta playa no hay nada, a ver si se van enterando por ahí”.

Lo que nos hizo venir aquí fue que era una escala cómoda para seguir subiendo hacia el norte; y tal vez, quizás, poder llegar a Samotracia. Samotracia es para mí como la Itaca de Kavafis, la que me da el gran viaje, sin ella no hubiera partido, sin ella no me empecinaría en subir hacia el norte; pero llevamos luchando contra el meltemi o entreteniéndonos por el camino más de  20 años  sin avistarla. Aunque el culpable fundamental de la recalada se llama Ramiro; el amigo enfermo de Grecia, como yo ¡Ay pobre!  Que tantas veces habla de este sitio y con tanto cariño que no podía pasar de largo.

Petríes es un magnífico “puerto a su bola”, es decir lleno de pesqueros y sin concesiones a los barcos de recreo. Ya me va gustando esto. De hecho nos fondeamos fuera por miedo a enganchar alguna cadena de sus muertos. Los barcos entran y salen sin descanso e incluso hay un par de arrastreros medianitos. Practicaban una modalidad curiosa de pesca; con serviola; uno al timón y otro a otear el que se yo, el gran ser, el Kraken,  a la proa. Así salían y así entraban miles de veces dando vueltas por la playa; al atardecer y en calma, se veían sus estelas cruzarse y hacer volutas en el agua violeta.

Se oyeron salir berridos y lamentos de una barquita roja con un padre y con un hijo.
– Papaaaa, vámonos a casa

– Aún no, espera un poco; coge ahora tú el timón. Mira, así.

– No quiero coger el timón, buaaaaa, quiero irme a casaaaaa.

Todavía lo martirizó un rato más, refunfuñando y quejándose  de la extraña maldición que había caído sobre su hijo ¿Por qué no le gustaba salir a pescar? Si es lo más bonito del mundo. Podía ser como esos niños que, en la playa, con gafas y aletas, estaban calando un trasmallo mientras chillaban cuando se acercaba un pez, pero no, a él le había tocado el raro  ¿Dónde está ese gen de la obsesión por la captura que todo griego lleva como dominante en sus cromosomas? ¿Acaso llegaría a ser mayor y no miraría al agua, buscando y buscando, cuando paseara por el puerto? ¡Qué disgusto! ¿Qué pensarían los vecinos?

– Mañana más-  Le sentenció. El chaval se calló y se sorbió los mocos; pasó la pesadilla por el momento.

No estuvimos más que un día en Petríes; soplaba un buen sur para subir hacia el norte y se esperaba un buen norte que nos dejaría atascados. Samotracia nos miraba a lo lejos. No tuve tiempo de paseos ni tabernas. Pero sí que me dio para  visitar sus grandes almacenes, donde se exhibían los últimos modelos de las  grandes firmas.

SNC00180.jpg.En barco por Grecia. Evia

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