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3 diciembre, 2012

Kinaros, una isla con héroes

Dichoso el hombre al que antes de morir le haya sido dado navegar por las egeas aguas. En ninguna otra región pasa uno tan serena, tan fácilmente de la realidad al ensueño.
Nikos Kazantzakis. (Zorba el griego)

Hay que llevar cuidado en estas islas de con quien hablas, que tocas, que pisas; todo podría ser lo que no es y te verías envuelto en algún lío con un dios o semidiós, o en algún altercado con un héroe inmortal.

Cynara era una hermosa joven que vivía en una pequeña isla del Egeo, la actual Kínaros. Zeus se enamoró de ella y se la llevó a vivir al Olimpo. Allí, la joven languidecía de pena y de añoranza por su isla. Un día se escapó para hacerle una visita a su madre. De retorno al Olimpo, Zeus la sorprendió, la maldijo y la convirtió en una…alcachofa (Cynara cardunculus)

Llegamos a Kínaros desprevenidos. Era unas de esas muchas islas medio deshabitadas del Egeo que nadie sabe que existen. Metimos el barco en una cala estrecha sin posibilidad de maniobra donde se veía un muelle y una casa. Un perro salió ladrando y un hombre nos saludó con la mano.

La isla tiene una ermita y un pueblo abandonado donde llegaron a vivir 8 familias. Se fueron marchando poco a poco y en los años 60 se quedó deshabitada. Una de esas casas era de la abuela y otra de la madre de Irini, con quien ahora hablaba. Desde que ella y su marido Μιké habían emigrado a Australia, en los tiempos duros, solo habían pensado en una cosa; en volver a Kinaros y resucitarla.
Estos dos indomables viven desde hace más de 10 años en la soledad total, sin televisión, sin teléfono, con la luz que sacan de un generador eólico y de unos paneles solares y que acumulan en baterías. Subsistiendo de sus cabras y su huerta. Abandonados totalmente por el estado.
– Yo tenía esperanzas de que algún político se acordara de estas islas y las apreciaran como nosotros, valorara nuestro esfuerzo; se enamoraran de ellas. Aunque… solo somos dos votos.- decía Miké.
Únicamente esta soledad y este retiro, sin televisión ni periódicos, son capaces de mantener viva la llama de tal anhelo; como el candil de Diógenes en busca de “ un hombre”.
– Nadie se fija en estos pequeños trozos de país. Bueno, solo los pescadores que vienen a veces a hacernos compañía. Ellos sí que aman estas islas, como nosotros.
– ¿Has visto la bandera qué hemos pintado en el tejado?- Sonrió ella- Es para que el que pase volando sepa que esto también es Grecia.
Sus flechas me iban llegando, se metían entre las costillas, en el corazón. Ya herida de muerte, supe que no podría olvidarme del hechizo de esta pareja de héroes mitológicos. Mientras el mundo se derrumba, perseguido por un ser mucho más voraz que el minotauro, ellos quieren salvar su isla.
– Pues yo que ustedes buscaría un perro fiero y sanguinario. Para que no vengan a perturbar su paraíso.- Se rieron.
Me despedí de ellos con un regusto melancólico y una obsesión que ahora me quita el sueño; la de volver a Kínaros. Volver para hacer todas las preguntas que no hice, las más importantes:
– ¿Hay alcachofas en la isla?
– ¿Cómo es el invierno? ¿Cómo es el Boriás aquí? ¿Y el cálido Siroco?
– Orión ¿Se ve bien? ¿Y las Pléyades?
– Díganme la verdad ¿Son ustedes Aquiles y Briseida que no murieron en Troya? ¿O quizás Páris y Helena que consiguieron huir a ocultar su amor en esta isla? ¿O Teseo con Ariadna, a la que al final no abandonó en Naxos?
Denme ustedes alguna esperanza de que el mundo sigue girando lleno de héroes indoblegables como ustedes. Qué los feroces monstruos que ahora nos atormentan se desvanecerán con el viento.
Que los avaros banqueros y sus górgonas y tróicas son solo invenciones y leyendas; cuentos del norte que nada tienen que ver con nosotros.
Pero ya el viento soplaba franco y la otra mitad del semicírculo nos espera para dibujarlo. Hay que volver hacia el Oeste.
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