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26 marzo, 2014

La barca en Grecia

Hace ya años, estuvimos amarrados en Spetses frente a un astillero artesanal de barcas de madera. El nombre nunca lo podré olvidar: Basilis Delimitros. El maestro nos entretenía cepillando hermosos tablones enterizos y transformarlos en rodas y quillas poderosas en las que articulaba con precisión cuadernas y varengas para construir esqueletos prehistóricos.

Como desembarcábamos por su taller, a través de serrines, gubias y formones, con ese aroma emocionante que tiene la madera recién cepillada, podíamos observar la delicada metamorfosis de sus criaturas.

Tenía un gato rubio que atendía por Leónidas al que más de una vez estuvimos a punto de pisar porque se camuflaba entre las virutas, dejando a lo sumo asomar un bigote. Cuando Basilis terminaba una unidad, como un Gepeto con su hijo muñeco, le cincelaba un pez en la amura; y doy mi palabra de que cobraba vida. Lo más turbador es que posiblemente las naves aqueas que se fabricaron para viajar hacia Troya salían de un artista semejante.
Una gran intuición la mía, ya que algún tiempo después leí que en este mismo astillero, el maestro Delimitros había construido una replica del Argos, para Tim Severin, el aventurero-historiador que reprodujo el viaje de Jasón y los Argonáutas.

Pero aunque las barcas salían vivas y coleando de su taller, no es hasta más tarde cuando se le otorgaba su alma.

La relación de un barco con su armador es un compromiso muy serio en la que el hombre vela celosamente por el estado de su barco y así este le transportará sano y salvo por los mares procelosos. De esta manera, hay barcas a las que solo les falta hablar para que nos cuenten como son sus capitanes. Recuerdo una muy graciosa, cuyo armador debía ser antiguo marino de una compañía muy famosa en Grecia; había pintado su embarcación de la misma forma que un ferry y le había colocado hasta un simulacro de chimenea con la insignia de la naviera. Otras se llenan de puntillas, visillos, alfombras, ornamentos y tapetes; dando a entender que la esposa del armador también pone su granito de arena. Un puerto de barculas, es en el fondo un concurso de belleza en el que el visitante toma el papel de jurado al pasearse entre ellas eligiendo ¡mira esta! ¿Pues has visto aquella?

Y cuando zarpan son la gloria de los mares; arrancan con un estallido sordo que rompe el silencio de la noche y se alejan con el pedorreo de sus motores; lejos, siempre lejos; así rezan sus canciones. Si es de noche iluminan el horizonte como luciérnagas y cuando amanece quedan prendidas en el lienzo rosado del agua y cielo confundidos, para quebrar con su estela el espejo del mar a base de ondas y volutas. Y si es una barca egea y el boriás azota, la veras saltar sobre las cresta de las olas como un potro de colores, o balancearse como un columpio infantil, cuando al pairo, su capitán recoge las artes. ¡Aj, barcas!

Pero estas criaturas de madera van dejando paso al plástico globalizado y cuando una desaparece vienen a ocupar su lugar tristes engendros sin alma. Cuando un capitán fallece, lo normal es que saquen su barca del agua y que esta se quede como un cachorro sin amo, es tal el desamparo que dan ganas de llorar. En Evgiros ya han sacado dos y un tercer capitán de 88 años, me decía que si no le ayudaba su hijo o su nieto, él ya no podría tenerla bonita. Por eso, cuando veo a algún joven con una barcula, pintándola o mareándola me dan ganas de abrazarlo. Estas barcas tienen derechos iguales que si pudiera respirar o hablar; y si su capitán lo merece, harán cualquier cosa por él.

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