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8 noviembre, 2013

La boda de Meganisi

Hoy hay boda en Meganisi. Debe ser importante, dado el jaleo que arman. Papu, papu… , pasan los coches pitando, engalanados de blanco, haciendo volar sus lazos y  flores; dejándonos, al pasar, torbellinos de polvo y creando una succión que nos hace salir a todos a saludar.
– ¡Que vivan los novios!
El convite se prepara en la taberna de arriba y se cuelgan luces de colores y prueban los músicos, “ena, dio, ena, dio…”; y se disponen las mesas. Vuelan las banderas con el correr de los coches.
Papu..Papuuuu
¡Que vivan! ¡Con la cabeza bien alta! que dicen en Grecia.
La taberna de la fiesta merece mi mención especial; era una de mis favoritas y hace tres años que está cerrada; solo la han abierto para le celebración. El lugar es único, con una vista sobre el puerto y sobre la parte sur de la isla increíble, pero el acceso se las trae. Las escaleras de subida no son aptas para cardiacos, con una alzada de peldaños que achanta a las cabras. Son muchos los que pasaron por aquí, miraron la escalera desde abajo y tarareando a Led Zeppelin se dieron la vuelta.
– Cenaremos junto al mar esta noche.  No vale la pena subir.
Un día pasé y encontré unas carpetas  con el menú, tiradas en los escalones, entre cagadillas de cabra, aceitunillas mimetizadas y hojas de olivo; los grajos de vez en cuando picoteaban sus tapas, entre aceituna y aceituna, como intentando extraer la esencia de lo allí escrito. “Taberna Acrópolis, blue’s bar” decía su portada.
Lo de los “catálogos” (menú) nos hizo tanta gracia que no nos quedó otro remedio que subir a conocer a los taberneros. Nos salió al encuentro un ex hippie con coleta y nuestras expectativas se cumplieron; la vista y la música eran muy buenas. El pulpo a la brasa nos dejó sin aliento. Las chuletas de cordero, oyendo los balidos del rebaño acurrucado bajo los olivos, un poco escalofriante al principio. Pero…
– ¡Mmmm! ¡Qué pena, pobrecitas!

Ni que decir tiene que volví a la taberna unas 1000 veces más y todo seguía igual: el pulpo, la vista, la música. Un par de adolescentes, algo pasmaos, le ayudaban a servir mesas y su mujer, en la cocina, se esmeraba cada día un poco más en ofrecer nuevos platos. Tenía una colección de blues inacabable. Pasaron los años y se convirtió en visita obligada, como si fuera la  verdadera Acrópolis.

Hace tres años subí  ilusionada, a saludarlos y a decir que cenaríamos allí; debía ser principios de Junio. Lo encontré cabizbajo y con los ojos enrojecidos.

– ¿Qué te ocurre? ¿Estás bien?

– No, no estoy bien. Ha venido de América el dueño del local y sin previo aviso nos ha dicho que nos vayamos.

– ¿Por qué? ¿Va a abrir algo él?

– Pues no lo sé. Pero ahora ¿Qué hago con el vino, con el queso, con el aceite que había comprado para la temporada? ¿Qué hago con mi familia que se queda toda en el paro?

Me dio tanta tristeza que me salió un abrazo.

– Abras donde abras tu próxima taberna, allí me tendrás.

Pero no pude cumplir mi promesa pues emigró al extranjero. Se fue con sus pulpos y sus catálogos, dejando una música triste, como de Blues.

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