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6 noviembre, 2015

La escalera

Algunos, que conocimos Grecia hace ya muchos años, coincidimos en una cosa; era un pobre país sin pobres. La población humilde vivía en un nirvana solidario, llamativo a nuestros ojos extranjeros, en el que ser justo y honrado era elegante. No era infrecuente que gastaran buena parte del telediario en contar la historia de un niño que había encontrado una cartera con dinero y la había entregado a la policía. Era el gran héroe del día. Ellos entonces no podían darse cuenta de que vivían en el cielo, un paraíso de casas con las puertas abiertas, de automóviles rotos durmiendo con las llaves puestas, de tiendas sin tenderos, de bicicletas apoyadas en la farola y de barcos que iban y venían al pueblo cercano para traer el pan de toda una isla. Esa sensación familiar te acababa por agarrar fuerte el corazón y luego te echaba mano a la garganta española, atenazándola con una triste sensación de pérdida, de Arcadia olvidada, y un regusto melancólico que te dificultaba tragar cuando volvías a tu país. Pronto descubrimos que si allí nos habían llevado héroes, cuentos y dioses, lo que se nos revelaba eran los misterios de unos habitantes tan peculiares que acababas desarmado y rindiéndote a sus encantos sin oponer resistencia.

El estado era un ente lejano que vivía una existencia paralela, no ofrecía nada pero tampoco pedía mucho. Era más bien una penitencia ineludible que llevaban con indiferencia. Tampoco molestaba con su aliento sobre el hombro diciendo lo que sí y lo que no. Y esta orfandad de papá-estado propiciaba agudizar el ingenio para sobrevivir y componértelas solo y, como una presión evolutiva, la selección de individuos más imaginativos, estrafalarios, autosuficientes, excéntricos y algo chalados.

Una vez nos invitaron a cenar unos amigos a su casa, todavía sin finalizar, en el sur de Lefkada, colgada en la pendiente de un monte y con una vista interrumpida sobre Itaca.

El tema de las casas sin acabar es uno de los primeros que llama la atención en Grecia. Se completa la planta baja y a lo sumo el primer piso, pero siempre se dejan las varillas de los pilares sobresaliendo por encima del último forjado. Así más tarde podían seguir subiendo y como la casa no estaba acabada no había que pagar los impuestos. A veces encuentras calles enteras de estas construcciones, casas con pelos erizados que asemejan guerreros hoplitas con lanzas.

Dejamos el coche en un entrante de la montaña, sobresaliendo un poco en la carretera, cuando ya anochecía. Al asomarme al arcén me daba un poco de vértigo, el precipicio, el mar abajo, la nada en medio.

– Buenas vistas sí tendrá.

– Claro que sí.

– ¿Por dónde andará el camino para bajar?

Comenzó a llover. Por mucho que buscáramos a tientas no encontrábamos ni rastro de calzada, así que iniciamos el descenso por intuición sobre aquella pista pedregosa. De vez en cuando el pie resbalaba, la piedra salía despedida y caía dando tumbos para precipitarse en la noche oscura. Seguía lloviendo. Quizás lo más sensato sería sentarse y bajar arrastrando.

– ¿En el barro?

– En el barro.

Decidimos deslizarnos, como en un tobogán engrasado, hasta darnos de bruces con la casa. Cuando llegamos estábamos literalmente enfangados y la vivienda que encontramos era sombría, silenciosa, oscura; una obra abandonada.

– ¿Dónde viven?

Me asomé por el vano de una puerta que daba al precipicio y al profundo mar. Dios mío. Apoyada en el quicio había una escala de aluminio sin aferrar que crujía con el viento, al seguir con la mirada sus peldaños vislumbré un resplandor que salía del piso de abajo como un fuego fatuo.

– Pues habrá que bajar.

Las piernas temblaban, los ojos entrecerrados, el corazón dando saltos. Cuando por fin conseguí pisar tierra firma un alivio heroico me recorrió el cuerpo.

– Ah ¡Bravo! – Exclamaron nuestros amigos sorprendidos ellos también de que no hubiéramos rechistado durante la sorprendente rapelada por la montaña.

Con la luz me di cuenta de que nuestro aspecto era tan deplorable como el que cabe imaginar después de sentarse en el suelo, quitarse los pelos de la cara con la mano y rascarse ocasionalmente la nariz.
Un perro negro se acercó encantado a saludar moviendo la cola con rapidez y se detuvo a olfatear, con insistencia y entusiasmo; la que ponen los canes cuando algo les gusta; los pegotes de tierra de mis piernas y brazos. Debía olerle aquello a delicias; a tierra, a lombrices, a musgo, a desperdicios, a mundo al fin y al cabo, a la libertad soñada.

– Es muy bueno. Nunca sale de casa.

Yo miré al perro y a la escalera. El movió el rabo.

– No cómo el gato, ese era malo. Se escapó un día y nunca volvió.

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