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24 marzo, 2013

La luna es un calendario celéste

Originariamente, en las lenguas indoeuropeas, mes y luna se designaban mediante un mismo sustantivo masculino men; mensis en latín, mene en griego. Mensis que tiene la misma raíz en latín que metiri “medir”. La Luna mide el tiempo.
La enrevesada luna tiene un movimiento tan complicado; como comenté en la entrada anterior; que a cualquier observador pertinaz, dícese de los astrónomos, se le debió ocurrir pronto la idea de medir el tiempo aprovechando sus defectos. Es decir, si me esfuerzo por predecir  la posición de la luna, que cada día está en un sitio del firmamento con respecto al sol y otras estrellas, me estoy esforzando en diseñar un calendario, en medir el tiempo, en crear ciclos y periodos íntimamente relacionados con fenómenos naturales; movimiento de las aguas, fertilidad de las hembras, buenas siembras y cosechas, maderas más duras para las construcciones y un largo etcétera de prodigios asociados a esa enorme linterna mágica que se enciende, apaga o disminuye de forma cíclica. Solo tengo que esperarla mirando al cielo. De este modo, la luna la puedo emplear en dibujar meses mientras el sol, como un metrónomo, me dibujaba días.
Hay muchos idiomas en los que  Luna y mes siguen teniendo el mismo vocablo, por ejemplo en checo, měsic; en ruso, месяц o en turco, Ay. Y seguro que hay muchas más que no conozco.
En la actualidad todavía nos quedan casos de calendarios lunares; véase el musulmán, en el que el Ramadán es el noveno mes lunar;  o el calendario litúrgico de los cristianos, en el que la Pascua es el primer domingo después de la luna llena que sigue al equinocio de primavera del hemisferio norte.
Aquí encontramos  el origen de las palabras “mes” y “menstruación” (del adjetivo menstruus que deriva de mensis).  Hay numerosos ejemplos de metonimia entre estas palabras, como la utilización de mes en español  y lune en francés, para referirse al  período menstrual de la mujer. También men da mon y luego  month y moon para los ingleses. Y como no, nos da menisco; esa forma de media luna que toma la superficie de los líquidos o alguna articulación bien conocida.
No se sabe en qué incierto momento se le quita a la luna sus atributos de medidora del tiempo y se decide realzar su faceta radiante, de una  luz que no tiene; esa que todos sabemos desde niños que recibe del sol. El satélite oscuro empezó a llamarse luminoso.
Lo griegos, siempre más acertados en astronomía, utilizaron Selene; de selas, σέλας,  resplandor; como si ya adivinaran que la luz era prestada. Y los latinos pasan a usar la raíz Leuk, blanco y brillante, para derivar en lux, lucere y luna.Y aquí encontramos el origen de palabras como lunar, lunático, plenilunio o lunes.
Tanto la Luna como Selene fueron diosas. Esta última hasta tuvo el privilegio de ser hermana de Helios, el sol y de Eos, la aurora.  Esta diosa tan bella tuvo numerosas historias de amor y entre sus muchos amantes estuvieron Zeus, el padre de los dioses y Pan, el dios de la naturaleza. Pero su historia de amor más hermosa  la tuvo con Endimión; un rey destronado convertido en pastor de vacas y retirado a estudiar  los astros.
Endimión tras ocultarse el sol, para distraer su soledad, observa a Selene. Su alma ya solo se alimenta de esta muda contemplación amorosa. Una noche Selene, que no sabe nada del gran amor que ha inspirado, baja a la tierra, le ve dormido y desnudo y le ama. La diosa también se enamora y empieza a frecuentarle cada noche. Pasan muchos días solares y meses lunares.  Despierto, languidece frente a su amor imposible. Dormido, se convierte, sin saberlo, en el objeto de amor de la misma diosa. Él no sabe que ella le visita cuando sueña, y ella no sabe que él la ama cuando está despierto y consciente. Son Selene y el pastor dos amantes que se persiguen sin encontrarse.
Un día despierta y ve a su amada y el goce es infinito para ambos; se confiesan su amor. Pero desde ese momento Endimión ya no es feliz; siente pánico. Es consciente del paso del tiempo, ese que tan finamente dibuja su amada, que se les escapa irremediablemente y se horroriza ante los primeros signos de su propia vejez. Selene pide ayuda a Zeus, y éste decide que Endimión permanezca intemporal mientras esté dormido; sólo envejecerá, en adelante, en los periodos de vigilia.
Endimión hace prometer a Selene que estará siempre con él mientras duerma. Sueña y no envejece; y siempre despierta enamorado. Pero entonces, cuando está despierto, ella no está y se desespera; solo desea volver a caer dormido otra vez para tenerla entre sus brazos.  Pobre Endimión ¿De qué le sirve su gozo si no puede deleitarse?  Le dió tanto miedo el fugaz tic-tac de Cronos que no pudo saborear el presente.

Por tercera vez usurparon el trono de la Luna. Esta vez fueron la terrible Artemisa griega y la Diana de Roma las que se convirtieron en deidades lunares. Es curioso que estas  diosas de la caza y de los animales salvajes, además fueran vírgenes, a diferencia de la promiscua Selene; y que sus influjos se dirigieran a los alumbramientos y las enfermedades ginecológicas. Otra vez más la Luna y el ciclo femenino.
Algo más tarde, llegó María, otra virgen divina y la representaron pisando a la luna.

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