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10 abril, 2015

La miel del Peloponéso

Ella se llamaba Afroditi. No era bella pero sí tenía un desparpajo que bien podría tener origen en el Olimpo. Yo la miraba entretenida, ella iba y venía con una corriente de aire deslenguada y sin pelos. Me mostraba, como de tapado, los secretos de su apicultura; las colmenas, la vetusta centrifugadora para extraer la miel, la cera dibujada de hexágonos diminutos; daba pena ver tanto trabajo huérfano y deshabitado. Y yo le preguntaba ¿Dónde liban las infelices? Porque en el Mani, rocas, torres y nada. Pues no señora, la mejor miel la de Esparta, porque las abejas trabajan y trabajan, insensibles, como guerreros entrenados, solo por el bien de su colmena. Ay dios, la miel de Leonídas. Y cuanto menos tienen, más se esfuerzan y mejor es su almíbar. Será así. Le compré dos kilos.

Afroditi estaba un poco chiflada y me contó en un amen la vida de su familia.

– ¿Visteis las cuevas de Diros?

– Lamentablemente sí.

– Pues todo ese terreno era de mi familia. Ahora nos prohíben hacer cualquier cosa con él. Yo podría ser riquísima y aquí estoy, vendiendo miel. Esos desgraciados del gobierno, los miserables de Atenas.

Me quedé pensativa, con la impresión de que la vieja rivalidad entre Esparta y Atenas seguía latente; posteriormente tuve otras ocasiones para meditar sobre el tema.

Estábamos en Areópoli, sobre Limeni, donde habíamos dejado el barco. Limeni no es un sitio excelente donde pasar la noche con un barco, no es más que una bahía abierta a los vientos dominantes, pero como se esperaba que no soplasen muy fuerte decidimos conocerla; es agradable, siempre que des un cabo a tierra y dejes la proa apuntando a la salida para cabecear y evitar el incómodo balanceo.

Esta vez, como otras, fueron apareciendo las casas según nos aproximábamos. El Mani con sus pueblos es parecido a un roble con setas, del mismo color, indistinguibles hasta que te das de bruces con ellos. Los edificios parecía que se iban construyendo en ese preciso momento de la arribada como si las propias rocas se ordenaran en bloques, se apilaran, tomaran altura, abrieran los diminutos huecos de puertas y ventanas, todo en absoluto sigilo y con discreción, con el tintinar de los rebaños camuflados entre las matas en un atardecer amarillo, el color de los locos, que sobre Limeni dejaba un regusto a caramelo. El roce monocorde de los zapatos sobre el pavimento no sugería mejor entretenimiento que caminar y subir hasta Areópolis, la ciudad de Ares, la capital del Mani.

Esta región es tozuda y rebelde como ninguna; no solo llevan sangre espartana si no que posteriormente, durante la dominación otomana, fue la única parte de Grecia que consiguió conservar un cierto grado de autonomía y un gobierno propio. Era una forma de dejarlos por imposibles pero ciertamente controlados por un Bey amigo. Pero ni por esas pudieron con ellos porque el foco que llevo a la guerra por la independencia de Grecia prendió precisamente aquí, en esta tierra de piedras y torres. Y fue exactamente un Bey, Petros Mavromihalis, quien encabezó la revolución. Una vez más les salió el tiro por la culata en lo que respecta a estos indoblegables y escurridizos maniotas.

En Limeni, al borde del mar se encuentra la antigua casa de Mavromihalis convertida hoy en un hotel de pocas habitaciones y bastantes estrellas. En general, en todo el Mani, hay un intento por restaurar las torres y las antiguas mansiones de piedra y atraer a un turismo  tranquilo y de cierto poder adquisitivo. De hecho, las tabernas de Limeni ya tienen un indiscutible aire de excelencia tanto en precio como en servicio, y sobre todo por las marcas de los coches aparcados a sus puertas. Resultaba muy curiosa la inscripción en una placa de bronce sobre el portón de la entrada del hotel:

Este hotel ha sido enteramente restaurado por la familia Mavromihalis.

Era como un dejar caer que el estado no había tenido nada que ver en la reconstrucción. Ese estado gobernado por familias ajenas; Papandreus o Mitsotakis. Nunca Mavromihalis.

Cuando fui a pagarle la miel a Afroditi no tenía suelto y le propuse ir a cambiar a una tienda de cerámica que había frente a su puesto.

– Ni se te ocurra. Esa que está sentada en la puerta me aborrece, es mala. En realidad es mala toda su familia. No vayas allí.

Se santiguó varias veces y me hizo un gran descuento para que le pudiera pagar con las monedas que llevaba. Esta mujer estaba escenificando al completo mis expectativas sobre esta tierra extraña,  ese Mani feudal sobre el que había leído. Una tierra de clanes que luchaban entre sí y donde una afrenta se debía vengar necesariamente, no importaba en que generación ni cuál fuera el motivo del desagravio. Los rencores se transmitían como las arrugas de los guisantes de Mendel.

Los pueblos maniotas, son callados y silenciosos, sin música, pero Afroditi tarareaba una canción tan repetitiva mientras rellenaba los tarros que terminó por adormecer mi cerebro y emprendí el camino de vuelta cantándola yo también, Me pareció oír murmullos en sordina al volver a Limeni, como si las torres contaran secretos inconfesables y las sombras bailaran a nuestro paso. Tenía tanto por descubrir que me emocionaba.

Bailando con mi sombra

Cuando llegué a casa comencé a bailar. El sonido de una banda me transportaba. Rompí la pared y me encontré a en calles de colores estridentes. Y la banda ejecutaba los ritmos frenéticamente, mientras yo me desvanecía en el tiempo, desolado, enigmático, perdiéndome a través del lugar de donde procedía, dejando a mi paso una sonrisa eterna en la memoria de los hombres. Porque nadie sabrá realmente si fui, si volví  o si alguna vez existí entre ellos.

Entrada publicada en nuestro blog: navegandoporgrecia.blogspot.com
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