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24 enero, 2014

La región del Mani. Peloponeso

Cuando volvemos del Egeo, rumbo al Jónico, por el sur, siempre nos damos de bruces con el Tenaros, en la infancia conocido como cabo Matapan; que ya de por sí viste, porque matar un pan parece la peor de las fechorías. Pero además es onomatopéyico, algo así tal que sentir precipitarse a las rocas en el mar ¡Rataplán! La zona más meridional del continente europeo, la zona más profunda del mar Mediterráneo, la zona más rara de Grecia. Solo hay que mirar al Taigeto, la cordillera que es la falange de este dedo central del Peloponeso, un monstruo pétreo, un ejército montañoso que se desliza para desplomarse en el mar profundo ¡Rataplán! Aquí está la entrada del Hades. Yo nunca la busqué.

No he navegado todo el apéndice del Tenáros, porque no tiene buenos puertos para un barco y lo único decente es Porto Kayo; de caille, codorniz, nombre que le dieron los franceses, que llaman las cosas como ellos quieren; debido a las numerosas bandadas de estas aves que aquí se congregan antes de partir hacia el sur para pasar el invierno. También llamaron Morea a toda la patria de Pélope; cuando todo el mundo sabía que se llamaba Peloponeso. En los tiempos clásicos, esta tierra no era muy diferente del resto de Grecia, el contraste vino después, cuando cayó el imperio romano y después el bizantino; cuando llegaron los otomanos. Las oleadas sucesivas de refugiados expulsados por unos u otros, generaron una lucha por el poder y control de áreas de alguna riqueza, en un territorio algo desolado. Su nombre, Mani, posiblemente proceda de “la mano” italiana, pues en esta extravagante parte del mundo cortaban las manos antes de ejecutar a los criminales.  A esta tierra extraña de piedra desnuda y estéril, donde ni el polvo se pega a los caminos,  vinieron a parar muchos exiliados, entre ellos los descendientes de espartanos y las familias de los últimos emperadores bizantinos. Tras la conquista franca de Grecia, Mani era una oligarquía feudal de poderosas familias que luchaban unas contra otras , o bien juntas contra los recién llegados y donde una afrenta al clan se debía vengar necesariamente, no importaba que generación consiguiese realizar el desquite, ni siquiera de si se acordaban de cuál era el motivo de su vendetta.

De las primeras veces que arribé a Porto Kayo conservo unos dibujos míos de torres grises con pájaros negros; murciélagos o vampiros. Hay que aclarar que mis devaneos pictóricos son algo parecido a Gozilla con un plumier; pero me sirven para recordar cosas importantes; torres y vampiros. Y de hecho di en el clavo.

Las torres son notables y singulares; esa forma de construcción ortogonal que sale directamente de las rocas grises de la montaña te advierten de que estás en otro mundo, que el Mani no es parecido a nada de lo que has visto en Grecia. Las llamadas torres Nyclianas se construyeron como elemento de defensa y ataque sobre familias rivales; surgían con cada oleada de refugiados, que venían a disputar lo poco que había, y crecían durante los periodos de tregua, ascendiendo por el aire, también para demostrar el prestigio familiar, pero solo se habitaban en periodos de contiendas. La mimetización de las torres con el paisaje produce un efecto tan curioso que a veces cuesta distinguir un pueblo; como en Mezapo, donde hace ya algunos años pasamos de largo pues no lo veíamos a la distancia. Y al revés también sucede que las rocas se agrupan tan densamente que engañan, con pueblos inexistentes.

Quizás sean estos espejismos los que hacen tener creencias esotéricas y escatológicas, o quizás sea la cercanía del respiradero del Hades, el caso es que los maniotas son supersticiosos. Dicen que en verano los fantasmas vagan por los caminos por el día y en invierno durante la noche; clamando venganza. También hablan de brujas, demonios, nereidas, górgonas y la importancia profética de los sueños. De hecho hay gente que cree en los vampiros. Yo misma, con solo mirar a esas torres me imagino el castillo de Bram Stroker y al su conde reptando por las paredes.

Esta punta de Europa, aficionada a la piratería, con su sociedad feudal, con su vida espartana, no ha producido grandes obras literarias ni musicales, pero si un tipo de canción popular muy especial: losMirologia, canciones para los muertos, de los que ya hablé en otra entrada; un género surgido espontáneamente que se transmite por tradición oral desde la noche de los tiempos.

Sitio raro y tenebroso, con un carácter tozudo e independiente, este del Mani; fue aquí donde se gestó el movimiento de independencia contra el imperio Otomano; pero con un atractivo tan especial que ha generado numerosos libros de viajeros fascinados, de los que el más conocido es el de Patrick Leigh Fermor, “Viajes por el sur del Peloponeso”; lectura inexcusable si se quiere conocer la zona. En verano son numerosos los turistas que se acercan a Kardamili para ver la casa del escritor.

Muchas lecturas, así como habladurías griegas, describen a los maniotas como desconfiados con el extranjero, pero con un gran corazón para el que realmente lo necesita. Una de las veces que fondeamos en Porto Kayo, nos habíamos quedado sin pan, nos acercamos a una taberna y le pedimos al dueño si nos podía vender algo. Nos dio una hogaza exquisita y crujiente, cuando le quise pagar me respondió que no se puede cobrar por el pan a un navegante hambriento, mientras hacia un gesto con la mano sobre el pecho.
Esta vez volvimos a las andadas y llegamos al Mani con solo unos pocos mendrugos. Me acerqué a la misma taberna, que ahora regentaba el hijo, mientras el padre veía la televisión. Nos cobró dos euros por un pan más duro que las cumbres del Taigeto.

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