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28 octubre, 2015

Peces mareados

Una noche me invitaron a cenar en el restaurante que hay bajo un oceanográfico. Yo imaginaba una sala sumergida en un acuario lleno de peces de diversas formas y colores entre sinuosas plantas tropicales, pero me encontré una sala circular rodeada de una pecera cilíndrica e iluminada. Un ejército de jureles daba vueltas sin descanso. El jurel es una especie pelágica que nada sin tregua para encontrar alimento y huir de sus depredadores, pero hay otras variedades que tiene la misma estrategia; no acababa yo de entender porque solo habían jureles en aquel estanque.

Los primeros cinco minutos fueron de desconcierto frente a ese pasacalles interminable de peces, me pareció ridícula esa rueda infinita, la del tiempo, la de la fortuna, la de los jureles dando vueltas. Al cabo de media hora, su presencia fue obsesiva, sus ojos se clavan en los míos; con esa mirada liquida que tienen los peces y que deja la duda de si te ven o te interrogan; intentas no fijarte y no lo consigues, las orbitas oculares giran y giran. A los postres mi cabeza daba tantas vueltas como ellos y sus caras estresadas y cansadas por esa migración infinita hacia ninguna parte no me dejaban en paz. Solo nosotros, los seres orondos, bien comidos, satisfechos y estáticos, sentados al otro lado del cristal, sabíamos que su viaje era un absurdo múltiplo de 2πr.

Estos peces parecen lelos ¿por qué no paran? o bien los estúpidos somos nosotros, quietos, boquiabiertos, observándolos a través del vidrio separador hasta sentirnos mareados. ¿Es posible que también seamos objeto de su contemplación? ¿O de su terror?

Entre toda la corriente jurelera, de vez en cuando aparecía un individuo que se paraba, se daba la vuelta aturdido e intentaba nadar en contra dirección, hasta que la masa general le sacaba de su error y le arrastraba otra vez al giro vulgar de todo el cardumen. No es que me parecieran peces excéntricos, más bien mareados, desesperados, aburridos, vencidos por la sinrazón.

La relación del mareo con el mar es de todos conocida, hasta la propia palabra lo dice. Pero todavía hay más; nauseas en griego es ναυτία. No hay que rebuscar mucho para saber que viene de nave. El mareo y el transporte en barco son tan antiguos como la civilización.

Una vez leí un artículo de un zoólogo alemán que había conseguido inducir la cinetósis a unos peces, lo que vulgarmente llamamos mareo. Puso un acuario en una aeronave, durante la fase de gravedad 0 algunos peces empezaron a nadar en círculos, haciendo cabriolas y actuando confundidos, perdieron su sentido de balance completamente, comportándose como humanos mareados y parecía que estuvieran a punto de vomitar. Los peces tienen un sistema de oído interno que les ayuda a mantenerse derechos, similar al sistema de equilibrio del hombre y cuando al cerebro le llega información contradictoria de diversas fuentes sensoriales se cortocircuita y sobreviene el malestar. Es posible que la perdida de contacto de los ojos con el movimiento y las vibraciones del agua tuvieran como resultado la desorientación y el mareo.

Un pez mareado, como un hombre, es presa fácil para sus enemigos. Un individuo mareado puede poner en peligro también a sus compañeros. Eso lo sabían los aliados y durante los preparativos para el desembarco de Normandía, en el que se pretendía que los soldados fueran en busca de su misión suicida sin pasmarse, tambalearse o pestañear, se dedicaron a buscar un fármaco alternativo a la peligrosa escopolamina, alcaloide de la planta del estramonio que evita el mareo pero produce alucinaciones, para proteger a las unidades de desembarco; inventaron algo parecido a la biodramina.

Volviendo a los peces pálidos del restaurante. Yo no creo que hiciera muy bien la digestión esa noche, ni me acuerdo de lo que comí; los jureles transmitían tal nerviosismo que aunque me hubieran dado alpiste no lo hubiera notado. Pero de pronto sucedió algo muy raro. Un grupo de peces que había detenido su marcha, los mareados, choco contra los que venían de frente. Se montó un barullo de colas, escamas y aletas. Los peces que llegaban se agolpaban contra el montón recién formado, movían sus agallas hasta el paroxismo; presentían algo malo. Pronto todos estuvieron acumulados en una esquina boqueando. Pero tras la inmovilidad inicial y guiados por uno de esos primeros individuos que habían invertido el movimiento, comenzaron todos a girar en sentido contrario. El baile tardó unos minutos en armonizarse. No pasó nada más que eso. Todos siguieron bajo la fórmula circular de antes, pero la nueva dirección, la expectativa de que el destino había cambiado, los hizo relajarse y moverse más tranquilos, como si el cambio de luz de un costado al otro del cuerpo y el dejar de ver por un ojo a esos seres espectrales sentados a la mesa y con copas en las manos, para verlos por el otro ojo, fuera presagio de que sus suerte había mejorado.

Todos pensaron que los peces eran bobos. Pero a mí me quedó la duda de si fuimos nosotros los que cambiamos. Una pecera más grande. Un observador más lejano e inteligente. Al final, que más daba, durante el resto de la cena parecieron nadar entusiasmados.

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