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7 enero, 2016

Por el mar llegó el nuevo año

Decía Odysseas Elytis que si redujéramos a Grecia a sus elementos esenciales quedaría un olivo, una vid y un barco. No le faltaba razón, sobre todo en el último componente. Es uno de los países que conozco donde la presencia de un barco es tan necesaria como el aire para respirar, ¿Cómo sino podrían transportarse de un lado a otro de este mosaico de islas y golfos, donde la tierra es parca y el agua lo inunda todo como una divina maldición? Los barcos unían familias esparcidas pero también las desmembraban; generaciones de emigrantes marinos buscaron el pan de sus hijos o el futuro de su existencia en tierras lejanas, a merced del mar, en barcos de banderas extranjeras. Las canciones griegas hablan de barcos, su mitología habla de barcos, sus tradiciones y santos viajan en barcos. En Navidades, el día 1 de Enero, San Vasilis  llega en una gran nave con los regalos; obsequios que en otros sitios se transportan en trineos o en camellos. Para celebrarlo se adornan barquitos con luces de colores y los ayuntamientos engalanan figuras de veleros de diferentes aparejos en las plazas principales; son los καραβάκια.

Por lo que he leído, la tradición es muy antigua y nació de la costumbre de los hijos y hermanos de los marinos y pescadores embarcados que en Navidades construían barquitos con maderas y retales para recordarlos y traerlos de vuelta a casa, o para emularlos, esperando algún día zarpar ellos también a mejores mundos, aquellos que fermentaron en su imaginación a fuerza de leer cartas y escuchar relatos de los que conseguían volver. También tenían la esperanza de que San Vasilis se fijara en sus pequeñas naves hermosas y les trajera buenos regalos y felicidad el día primero del año.

Si arriesgamos más podemos relacionar la celebración de la llegada del santo en barco con el dios Dionisos en un ejemplo más de sincretismo de la antigua mitología con el cristianismo. Según el séptimo himno homérico, un día en que Dionisos estaba caminando por la isla de Naxos apareció un barco de piratas y lo secuestraron. Ocurrieron diversos prodigios que dejaron a los marinos estupefactos: el mar se convirtió en vino, del mástil surgió una vid con racimos abundantes mientras que una gran hiedra comenzó a crecer alrededor de la nave. Dionisos se transformó en león y se arrojó rugiendo contra el capitán y la tripulación que aterrorizados cayeron al mar y se transformaron en delfines. El único que quedó ileso fue el buen timonel que ya les había advertido de que era un dios.

El festival de las Dionisíacas Rurales (o Dionisíacas Menores) coincidía con la fase final del proceso de fermentación del vino, que ocurría durante los primeros fríos después del solsticio de invierno, cuando Dionisos renacía.  Y las navidades  se ajustaron a finales de diciembre para coincidir con dicha fecha, cercana al solsticio de invierno. Plinio el Viejo  relata en su  Naturalis Historia que las nonas de enero, sobre el 5 de enero en los calendarios romano y juliano, en la isla de Andros, había un estanque en el templo de Dionisos que se transformaba en  sabor y consistencia como el vino. Al día en que este fenómeno aparecía se lo llamaba “Θεοδοσία”, regalo de Dios.

El primer árbol de navidad, de esencia totalmente nórdica; con esos toques de nieves brillantes, espumillones y bolas que reflejaban una luz escasa de altas latitudes, luz que sobra sin embargo en Grecia; se armó en Navplio para disfrute del rey, Otón de Baviera. Poco a poco el abeto adornado con dorados y platas se fue comiendo al humilde barquito, con esa especie de complejo de inferioridad que tenemos los países del sur que corriendo abandonamos nuestras tradiciones para caer en brazos de otras importadas y más modernas.

Pero de un tiempo a esta parte se los ve convivir a los dos en todas las islas y pueblos, así que este fin de año quiero desearos buenos augurios en un barco como este que me mandan mis amigos, el que ha puesto el ayuntamiento de Lefkada estas navidades para iluminar el puerto.

Por el mar siempre llegaron buenas cosas.Solo hay que ir a la orilla a esperarlas.

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