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26 octubre, 2016

Tabernas entrañables en Lefkada

Sostiene María que esto no hay quien lo sostenga.
Hay razones de peso para subir a la montaña de Lefkada al anochecer. Podrían ser las vistas sobre el archipiélago al crepúsculo, recorte de islas negras sobre mares en calma, podría ser ver el monte en su plenitud
nocturna, cuando seres vivos se preparan unos para el descanso otros para la caza, podrían ser unas albóndigas. Pero en primavera, si te interesa un espectáculo luminoso, tienes que subir por las luciérnagas voladoras. Cuando la penumbra comienza a sombrear lo oscuro con más oscuro y el azul profundo con negro, entonces y solo entonces comienza el bosque a mostrar chispas y lentejuelas, destellos sutiles y desapercibidos que poco a poco te encantan y te conducen a un cuento pequeño. Si no existen las hadas ¿Qué es esto? Vuelan aquí y allá, sin previo aviso, se esfuman, se agrupan, flotan; dejan los arboles tan llenos de estrellas como un cielo de purpurina. Centellas fugaces que persigoa manotadas sin alcanzarlas. Si no fuera por las serpientes y las tarántulas, me quedaría quieta a esperar al alba sin respirar. Soñar que se vive en un sueño.
Sostiene Maria que yo vine aquí por sus keftedakia. Sí, eso es verdad, pero no solo, que también los genios me llamaron con sus flautas. Pero fundamentalmente es que charlar con ella es un placer, la ninfa buena y amable
del bosque; la de las bolitas de hierbabuena y albahaca. Y sin hacerse de rogar, a los postres te canta la canción del sol y la luna, mientras mira al techo donde los tiene dibujados; para no perderlos de vista. Sostengo, María, que cenar en tu taberna contigo es un honor impagable.
Cuando la conocí cuidaba a una cría de búho que se había caído de un árbol. Atado con una cinta de raso rosa en una pata para que no escapase. María lo lanzaba al aire entre risas sujetando la cinta con una mano.

-Tiene que aprender a volar. ¡Vuela!- No supimos qué pensar, si era locura o sadismo; el desdichado
pájaro se daba unos morrones descomunales. Nunca supo volar porque lo mato un gato.
– Era un gato “agrio”.- Dícese en Grecia por salvaje. Lo contó con una cara de misterio; bajito y exquisitamente
pronunciado lo de agrio; que nos hacía imaginar un tigre de Bengala furibundo.- Se lo comió.
Desde entonces, subir para ver luciérnagas, búhos y albóndigas mentoladas es visita tan obligada como el Partenón en Atenas.
Sostiene María que ha llegado a un punto en que ya no se creen nada. Que ningún futuro es peor al que están viviendo.
– En Atenas. Aj, en Atenas vi a un viejito empujando a un coche con un bebé mientras buscaba en las
basuras para darle de comer.
Y nosotros, haciéndonos pasar por abogados diablescos, le argumentamos que fuera de Europa quizás sería una catástrofe. ¿Más?
Sostiene María. Sostiene que es posible pero que no importa. Que los griegos como ella están cansados de que les llamen vagos y tramposos. Cuando tiene extranjeros a la mesa; de hecho su local es muy famoso entre la población germana que vive en la isla; no quiere ni oír hablar del tema.
– No comento con ellos nada aunque me hagan alusiones o indirectas. Después de levantarme a las 6 de la mañana para regar el huerto, recolectar la verdura, limpiar la taberna, bajar a comprar, cocinar y servir
las mesas, si me dicen que somos indolentes y mentirosos no sé qué les haría. Me pregunto por qué se han venido a vivir aquí, si es qué Grecia no les gusta.- Sostiene María, como Diógenes, que le quitan el sol y le hacen sombra.

Sombras alargadas y pálidas de bárbaros norteños con garras afiladas que se cierran sobre su cuello sin darle descanso.
Sostiene María que Tsipras es un buen chico y que ella quiere que todo le salga bien para que no se vaya, porque es el primer presidente del gobierno honrado y que no les roba.
Sostiene María que ha trabajado desde que tiene uso de razón y que religiosamente todas sus facturas e impuestos. Sostiene María que es muy doloroso que en Europa los traten como apestados. Y que digan eso de que España no es Grecia ¿Por qué? ¿Es un deshonor?
Y cuando me marcho me da un abrazo emocionado que me levanta en vilo, como un éxtasis de tebeo de “vidas ejemplares”; y comienza el baile de luces, en el bosque y en mi cabeza. La bruja buena te hechiza con sus mimos y carantoñas ; te pone polvos en las albóndigas para que te quedes turulato por siempre y no pienses más que en volver a sus dominios. Sostengo.

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