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19 noviembre, 2013

Tabernas griegas encadenadas

Me gusta la taberna, es una de las cosas más significativas en Grecia, y descubrir las buenas cuando se va viajando por el país, una de mis aficiones. Tengo el ojo bastante entrenado y una proporción de aciertos considerable; aunque siempre hay recuerdos de desastres gloriosos, claro. Eso sí, cuando una es catalogada dentro del grupo de “mis tabernas”, suelo ser bastante fiel; siempre volveré a ella cuando pase por el lugar; se descartan ya veleidades de “vamos a probar otra” ¿Para qué?

Una taberna no está hecha solo de comida, aunque también, sí no de colores, de flores, de luces, de música, de vistas, de barcas, de gatos y muy importante, de taberneros y taberneras; es aquí donde puede quedarse reducida a un simple restaurante o ensalzada a categoría de oráculo; lugar que uno siempre debe visitar en su viaje para conocer lo que le depara el destino.

Una taberna te entra despacito, como entra una música; vas captando sus detalles hasta que exclamas el ¡Creo que deberíamos probarla! Y exactamente eso es lo que nos sucedió en Korfós, en el Peloponeso; cuando llegamos había muchas, pero una era azul y tenía barcas de colorines balanceándose en su muelle con redes amontonadas; tenía  manteles con faros y lucecitas colgando del emparrado; tenía un grupo de pescadores desliando el desastre que le había organizado un delfín en los artes de pesca. Tenía bastante de lo que hay que tener. Tenía hasta un cartel que decía:

Un corto tránsito desde la vida del mar al carbón.

– Habrá que probarla, exclamamos.

Según  desembarcábamos en el muelle, el tabernero levantaba los ojos de su faena en la red para mirarnos por encima de las gafas. Echó una mirada como de decir, cuidado que en mi taberna no se sienta cualquiera, solo aquellos que sean capaces de apreciar lo que es un corto tránsito entre la vida en el mar y el carbón. Y fue entonces cuando llamó a Fotiní para que atendiera la mesa. Me acordé de una lectura del libro de griego en el que aparecía una tal Fotiní,  algo así como Luminosa o Iluminada. En esta lección ella se casaba y por tanto aparecía todo el vocabulario relacionado con bodas, familiares y parentescos variados. Ya tenía nombre la taberna; para que pensar más ¡Fotiní!
Muy buena música, serios pescados y un tabernero que se dirigió a nosotros al enterarse que éramos españoles:

– ¿Sabes algún verso de García Lorca?

Atropelladamente recitamos el “Verde que te quiero verde” mezclado con el “Eran las cinco en punto de la tarde” con gritos de “yo que te llevé al rio creyendo que eras mozuela y tu tenías marido” Y cómo sonrió encantado, probablemente sin entender ni jota, y la música era buenísima y Fotiní, que no era su señora si no su hija, salía en mi lección de griego y él desliaba las redes, pero era mentira porque no hacía más que liarlas y tejerlas y enredarnos a nosotros, como la araña con su tela cercando a su presa, y como nos miró por última vez por encima de sus gafas, tuve la certeza de que aquella era una de mis tabernas.

Nos fuimos, pero soy fiel;  volvimos un año después. Las mismas luces, la buena música, los pescados de breve tránsito y él, sin redes, pero todavía con Fotiní. Otra cena memorable.
Cuando nos despedíamos me dijo Fotiní

– ¿Dónde vais mañana?

– A Poros

– ¡Ah! En Poros está mi padrino que tiene una taberna, os gustará.-  Sentí un Déjà vu , Fotiní que se casaba, los padrinos, los cuñados, los suegros; parecía que había salido de las páginas de mi libro.

– ¿Y dónde está su taberna?

– Subiendo hacia el reloj.

Esa sí que era buena, porque subir al reloj suben todas las calles de Poros. Unas suben, otras se pierden, otras dan vueltas, otras acaban en el abismo, otras se precipitan sobre el puerto; pero todas, si te emperras, acaban en el reloj. No pensaba buscarla ¡Bah! Fotiní intentando hacer propaganda de su padrino. Pero una vez en Poros… ya que paseas…y subes y bajas…y el reloj arriba marcando sus horas, tictic tactac, pues vale, pues pregunto, solo por matar el tiempo, que conste, que tontería.

– Sí, la taberna de Dimitris Panos está allí arriba, tras la plaza; es una que tiene carnicería dentro.

– ¡Ahi va!

Allá que fuimos. Y para que contar, otro hito tabernil, esta vez de carnes. Chuletones, chuletas y chuletillas que el carnicero cortaba a hachazos certeros sobre el madero iban a parar, en corto tránsito, sobre las brasas que aventaba su ayudante; luego, con mimo, vuelta va y vuelta viene saltaban sobre las mesas y todos exclamábamos ¡Bueno! Mientras brindábamos y mirábamos el puerto allí abajo ¡Viva el kumbaros de Fotiní!  Llegué a pensar que era una cadena de franquicias Fotiniles.
Cuando ya pagábamos le dije, en un aparte, a la camarera:

– Mañana vamos a Egina  ¿Podrías preguntarle a Dimitris si tiene algún familiar allí que tenga una taberna!

Me miró como si estuviera loca.

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