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30 abril, 2014

Teséo, su barco y su paradója

Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.

Hubo una época en el que se llevaba mucho pensar y darle a la mente; el mundo era nuevo y estaba por descubrir. No había sudokus ni videojuegos así que se inventaron las paradojas; palabra griega que viene de παρα, al otro lado de y  δοξον, lo previsible o razonable; es decir, el contrasentido. Los griegos fueron muy aficionados a  reflexionar y nos dejaron numerosas historias curiosas, como la paradoja de Zenón; yo, y creo que muchos, la recordamos como dibujos infantiles en los que un veloz Aquiles no podía alcanzar a una exasperarte y lenta tortuga.

Las paradojas son enunciados totalmente lógicos pero en contradicción con el sentido común; este ejercicio en apariencia incoherente, inútil y calenturiento ha impulsado avances en la física, las matemáticas o la filosofía. En concreto son muy comunes en postulados éticos; si es realmente buena la proposición universal de “amar al prójimo” ¿Cómo querer a un vecino que  es un asesino o un represor y quiere acabar conmigo?
Para no remontarnos tan lejos en el tiempo y demostrar que estas controversias nos hacen realmente crecer, propongo un ejemplo más reciente y conocido; la paradoja del gato de Schrödinger. Podríamos llenar bibliotecas enteras con los artículos científicos que se escribieron discutiendo sobre el famoso gato cuántico; tanto es así que el mediático físico Stephen Hawking llegó a exclamar que si le volvían a hablar del minino, sacaría el revolver. Pero no evitó que el gato pasara a la posteridad como una manera dulcificada de explicar al neófito la incompresible física cuántica. Y que me decís del despistado viajero del tiempo que mataba a su abuelo por error, levantando una polvareda de enconadas conjeturas relativistas.
Gatos, viajeros, tortugas, todo vale para crear un estado de confusión que nos haga elucubrar. Pero yo hoy, puestos a cavilar me ha gustado más la paradoja del barco de Teseo, escrita por Plutarco; para ceñirme lo máximo posible al título de este blog, si es que esto se puede seguir a rajatabla, cuando hablamos de contrasentidos.

Hubo una época en el que se llevaba mucho pensar y darle a la mente; el mundo era nuevo y estaba por descubrir. No había sudokus ni videojuegos así que se inventaron las paradojas; palabra griega que viene de παρα, al otro lado de y  δοξον, lo previsible o razonable; es decir, el contrasentido. Los griegos fueron muy aficionados a  reflexionar y nos dejaron numerosas historias curiosas, como la paradoja de Zenón; yo, y creo que muchos, la recordamos como dibujos infantiles en los que un veloz Aquiles no podía alcanzar a una exasperarte y lenta tortuga.
Las paradojas son enunciados totalmente lógicos pero en contradicción con el sentido común; este ejercicio en apariencia incoherente, inútil y calenturiento ha impulsado avances en la física, las matemáticas o la filosofía. En concreto son muy comunes en postulados éticos; si es realmente buena la proposición universal de “amar al prójimo” ¿Cómo querer a un vecino que  es un asesino o un represor y quiere acabar conmigo?
Para no remontarnos tan lejos en el tiempo y demostrar que estas controversias nos hacen realmente crecer, propongo un ejemplo más reciente y conocido; la paradoja del gato de Schrödinger. Podríamos llenar bibliotecas enteras con los artículos científicos que se escribieron discutiendo sobre el famoso gato cuántico; tanto es así que el mediático físico Stephen Hawking llegó a exclamar que si le volvían a hablar del minino, sacaría el revolver. Pero no evitó que el gato pasara a la posteridad como una manera dulcificada de explicar al neófito la incompresible física cuántica. Y que me decís del despistado viajero del tiempo que mataba a su abuelo por error, levantando una polvareda de enconadas conjeturas relativistas.

Gatos, viajeros, tortugas, todo vale para crear un estado de confusión que nos haga elucubrar. Pero yo hoy, puestos a cavilar me ha gustado más la paradoja del barco de Teseo, escrita por Plutarco.

Teseo, tras derrotar al Minotauro en Creta; ayudado por el hilo de Ariadna que le permitió salir con vida del laberinto; regresa a Atenas. El barco en el que navegaba tenía treinta remos y los atenienses lo conservaron en su honor, eliminando tablas estropeadas y reemplazándolas por piezas nuevas y resistentes. El  barco se convirtió en un caso filosófico sobre la identidad de las cosas que cambian. ¿Hasta qué punto seguía siendo el mismo si se reemplazaban cada una de las tablazones, cuadernas y varengas? Y si las partes eliminadas se almacenasen y posteriormente se usasen para reconstruir un barco igual al de Teseo ¿Cuál de ellos, si lo es alguno, sería el original? Es decir: si los elementos cambian gradualmente, uno por uno, ¿Cómo se mantiene la unidad, o la identidad?

De manera similar en todo ser vivo se destruyen células degradándolas hasta sus sillares básicos estructurales y a partir de estos se reconstruyen nuevas células. Si el promedio de vida de una célula en un cuerpo adulto es de 10 años, el cuerpo que estamos viendo en el espejo, cual Paradoja de Teseo, es completamente distinto del que vimos hace dos lustros y distinto del que veremos dentro de dos más, independientemente de nuestra edad. ¿Somos los mismos? ¿O somos otros? Estimulante tarea nos crea esta paradoja mientras nos miramos al espejo al cepillarnos los dientes. Si estuviera Heráclito leyendo este blog nos contestaría seguramente:

– Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.

Pues si no somos los mismos personajes que nacimos hace años ¿Que nos hace insistir en las mismas cosas? ¿Por qué repetimos la historia una y otra vez? ¿Tendrá razón el príncipe del Gatopardo con el que empezaba la entrada? Es necesario que todo cambie para que todo siga igual. En todo caso, en estos tiempos banales que vivimos; auque  es posible que sean una mera fotocopia de los pasados; tiempos del me gusta, comparto y mira que fondo de armario tengo, me ilusiona que hubiera gente que pensara en que cultivar la mente era algo esencial para no repetirse.

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