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18 noviembre, 2013

Una verbena en grecia

Colgaron de un cordel, de esquina a esquina un cartel, con banderas de papel verdes, rojas y amarillas.  Y pusieron mesas y sillas por toda la plaza; algunas esquinadas y hasta en pendientes peligrosas; con manteles blancos y escandalosos al volar con el viento; asadores con brasas y antiguas neveras desvencijadas llenas de hielo para refrescos y cervecitas. El tinglado lo montaron en tres patadas con dudosas maderas y pocos clavos, ristras de bombillas y telas de colores; todo el día dándole al martillo; a la cárcel se hubieran ido en España por saltarse toda la normativa de seguridad al completo. Pero ¡Que narices! Era el día 15 de agosto, la Kira Panagia, nuestra Señora la Virgen; fiesta grande en todo pueblo griego que se precie.¡Για σας! Και  ¡Χρόνια Πολλά!   ¡Salud! Y ¡Muchos años!

Una buena verbena griega no puede carecer de música ni bailes, ni por supuesto, carbón, pinchitos con orégano y vino. Todo el pueblo convertido en una humareda y un aroma que despertaba el apetito por el valle. Y de allí, desde el llano, iban llegando bailarines y comilones, familias, parejas, pandillas, horteras repeinados, jóvenes elegantes, abuelitas oscuras y muchachas endomingadas. ¡Vamos subiendo la cuesta que arriba mi pueblo se vistió de fiesta!

Es costumbre en Grecia que los músicos toquen por una pequeña cantidad y luego se hagan peticiones que cada cual abona por separado. Pero en Evgiros decidieron tirar la casa por la ventana y pagaron por adelantado; asegurándose así folclore desde las 11 hasta las 6 de la mañana. Literal: toda la noche, ni diez minutillos de descanso ni nada. Los cantantes se iban turnando alternando los estilos; desde un ligero bustamantiano al más movido, a lo taxista ateniense; pasando por una sosa que se había tragado un palo de escoba y acabando en una rubia racial a lo María Jiménez que se dejó aliento y piel en el escenario; así, dado el muestrario de canciones y la duración del evento, nadie se quedó con las ganas de escuchar…” esa que dice…” Porque las cantaron todas.

Aunque las voces tenían sus periodos de descanso; es entonces cuando se atiborraban a combinados de Coca-Cola para aguantar; los pobres músicos no; y supongo que al desdichado que le tocó buzuqui le tuvieron que enyesar los dedos al acabar las actuaciones. Porque no lo había dicho antes; fueron dos días seguidos; para que todos pudieran acudir.

Y bailar… ¿Bailar? Allí bailaron todos; los jóvenes, los niños, los abuelos, los gatos y los perros. Algunos se atrevían solo a suaves y sociales corros de la patata; otros con brincos y piruetas espectaculares, con movimientos frenéticos y agotadores. Algún solitario también hubo, danzando a zancadas por la pista, con la cabeza inclinada y los brazos extendidos a los lados. Tonadas, largamente esperadas, lanzaban a todo el mundo al centro con los brazos en alto y un ¡Ohhhh! Corrían el vino y los suvlakis, las flores y papelillos lanzadas al escenario; platos no, porque no había. Algún adinerado pedía champagne y el camarero le acercaba una copa a la cantante para que la levantara en alto y dijera lo de ¡A su salud!

Me gusta ver bailar a la gente aquí. No es solo una forma de diversión o de expresión corporal, es una necesidad interior, un rito inexcusable al oír el compás de unas notas, una manera de mirar al mundo, con cabezas gachas o altivas; un Zorba de Kazantzakis.

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El mundo de los Barcos. , ,
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